Yedra (extensión del capítulo “Renacer”)

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Lo había visto nacer desde la lejanía. Apostada en la colina, como hacía a menudo, pues era el mejor lugar para observar la región en la que vivía, oteó una pequeña erupción de tierra en el horizonte de aquella fresca mañana. Diminutas sacudidas eléctricas recorrieron su cuerpo en forma de escalofrío y el fino vello color oro que cubría sus extremidades se erizó. El corazón comenzó a saltarle en el pecho, se sentía agitada y confusa, ¿qué podría ser? Había oído historias pero pensaba que hacía mucho tiempo que aquellos seres dejaran de existir. Tenía la voluntad dividida entre escapar corriendo e ir allí para ver si era lo que sospechaba. Ganó la última. Sus pies se arrastraban por la tierra en señal de protesta. Se demoró recogiendo algunas bayas y hierbas que servirían a su madre para cocinar mientras su voluntad se seguía debatiendo en el pecho, ¿por qué las palmas de sus manos padecían punzadas de ansiedad?, ¿cuál era el motivo de que el sudor frío perlara su frente?, y, lo más importante, ¿por qué sentía una felicidad tal en la boca del estómago que la incitaba a gritar de alegría?

Cuando llegó a unos cinco pies de distancia del montón de tierra negra, el sol estaba casi en su cénit. Una pequeña mano blanca recubierta con una especie de gelatina venosa asomaba detrás del montículo. Algo así de pequeño no me puede hacer daño; instintivamente cogió un pedrusco del camino. Se acercó sigilosamente, piedra en mano. Cuando rodeó el montón de tierra lo pudo ver de cuerpo entero: tumbado boca arriba con brazos y piernas extendidas parecía plácidamente dormido, disfrutando de cada rayo de sol que acariciaba su piel y evaporaba la sustancia viscosa que cubría gran parte de su cuerpo. Su cabello, una fina pelusilla que recubría su cráneo, era de color celeste y parecía crecer a ojos vista, al igual que el resto de su cuerpo. Lentamente los huesos de sus extremidades y tronco se alargaban, estirando la elástica piel hasta volverla traslúcida. Pero de toda aquella extraña criatura lo que más llamaba la atención de Yedra eran aquellos seis puntos que iluminaban su pecho de naranja, verde, violeta y azul. Por un buen rato quedó hipnotizada por cada cambio de color de aquellos misteriosos círculos de luz.

Entrevista para Spanish in tour

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Foto del día 18-11-14 a la(s) 17.43 #3

http://www.spanishintour.com/blog/es/spanish-in-tour-es/entrevista-a-alexandra-millan-autora-de-continuidad.html#more-5076

¿Crees que un escritor debe ser sentimental?

Creo que un escritor debe ser observador, curioso y creativo en su vida diaria. Debe tener predisposición para hacerse preguntas y la habilidad de relacionar sucesos o ideas aparentemente distantes. Debe ser capaz de trasladar sus emociones, su manera de ver el mundo, en palabras (esas cajitas de caracteres y sonidos), las cuales son restrictivas por naturaleza. Creo que el ser sentimental no es intrínseco a la actividad de un escritor. Quizás en los géneros más intimistas como el género lírico, por ejemplo, el ser sentimental puede ayudar a la hora de encontrar la inspiración pero pienso que lo esencial es saber ahondar en las emociones, en los pensamientos y expresarlos de una manera tal que lleguen al lector en forma de imágenes, sonidos, olores y sentimientos.

Lon y Mur

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Capítulo 6. Lon y Mur

Pasadas dos jornadas y media y después de un tortuoso camino aguijoneado por los potentes rayos del astro luz, Tian llegó a la ansiada orilla del río Lon. Su anchura era considerable y sus aguas eran de un color verde musgo intenso, Tian se sentía aliviado de que al menos en este punto el mapa coincidía con la realidad. Al otro lado el paisaje cambiaba completamente: la llanura estaba salpicada por elevaciones del terreno formadas por rocas y tierra cubierta de vegetación, su altura variaba entre los trescientos y quinientos pies de altura. Estaba atardeciendo y el paisaje se mostraba bellísimo y extraño al mismo tiempo. Tian no podía entender cómo sobre la llanura se hubiesen formado esos promontorios de formas tan diversas. Tenía unas ganas enormes de cruzar el río y descubrir los misterios que esos cerros sugerían pero no sabía cómo, el agua parecía insondable y no veía ningún acceso que cruzase al otro lado. Anduvo a lo largo de la orilla por un tiempo. Le llamaron la atención unas losas de piedra cuadradas con diversos dibujos e inscripciones que se encontraban a unos cinco pies de distancia unos de otros. Las losas, que mostraban dibujos representaban diversos seres, además de algunos paisajes y conservaban algunos pigmentos. Las que poseían inscripciones estaban formadas por una escritura basada en ideogramas que Tian conocía bien y hacían referencia a estos animales y a su historia. Las losas parecían estar desordenadas, así que Tian, para comprender la historia que estas contaban e ilustraban las recogió y las reunió todas en un montón. Comenzó con la que creía que era la primera losa, con la que comenzaba la historia, en ella estaba escrito lo siguiente:

Lon era el nombre de una serpiente que habitaba estas tierras hace miles de años. Su piel era de color verde musgo, y sus ojos violeta relucían en la oscuridad de la noche.

Tian unió esta losa con otra que representaba una serpiente de ojos violeta, en ese mismo instante las dos losas volaron de sus manos para situarse sobre el río, flotando en el aire, inmóviles. Tian puso el pie sobre ellas y comprobó que las losas aguantaban su peso. Rápidamente se dispuso a formar la segunda tesela de la historia:

Lon era un ser solitario y nocturno. Todos los animales la temían por su gran tamaño y voracidad. Una noche, un ave de plumaje dorado llamado Mur que venía de tierras muy lejanas y se había perdido, se posó sobre el árbol bajo el cual se encontraba Lon.

Tian unió esta losa a la imagen de un ave sobre un árbol y volvió a ocurrir lo anterior, la losas se situaron a poca distancia de las primeras, en dirección hacia la otra orilla. Tian buscó la siguiente parte de la historia.

El ave se dirigió a Lon en los siguientes términos:

Disculpe amable señora, he perdido mi bandada y no sé qué dirección debo seguir para llegar al lago verde, donde todos mis familiares se dirigen en peregrinación.”

Lon se quedó atónita por la amabilidad y tranquilidad con la que le había hablado aquel maravilloso ser alado. Ningún otro ser antes se había atrevido a dirigirle la palabra.

No conozco ese lugar, pero si te quedas aquí, siempre tendrás una amiga con la que podrás hablar.”

Esta vez la imagen correspondiente era la de la serpiente y el ave conversando.

Durante toda una estación Mur permaneció en las verdes tierras de Lon, plenas de exuberante vegetación y pequeños arroyos. Pero el ave echaba de menos las grandes extensiones de agua en las que había crecido. El año siguiente Mur vio a aves pertenecientes a su bandada volar en dirección al lago verde. Se despidió de Lon y se marchó.

Tian unió el texto con la ilustración donde Mur, con sus grandes alas desplegadas, se alejaba de Lon.

La serpiente verde quedó desolada. Lloró tantas lágrimas que su cuerpo se diluyó convirtiéndose en un gran río y sus ojos violeta de perdieron en la corriente.

De vuelta del lago verde Mur decidió pasar por las tierras de Lon. Al llegar encontró un río enorme pero ni rastro de su amiga. Sobrevolando las aguas divisó dos reflejos violeta que le recordaron los ojos de Lon. Creyéndola ahogada se lanzó a las verdes aguas.

Esta vez el dibujo representaba a un ave dorado cayendo en picado sobre un río verde.

En el interior del río se dio cuenta de que estaba inmerso en su amiga. La escuchó llorar y se conmovió tanto que decidió quedarse en su interior por siempre. Lon sintió tanta alegría que las aguas retumbaron en una gran explosión salpicando el bosque. De cada una de las gotas que mojaron la llanura nació una montaña rocosa.

Ahora quedaban dos losas con texto pero solo una con ilustración. Esta era el paisaje que se podía ver al otro lado del río.

La última de las losas decía así:

En la gran explosión los ojos de Lon se perdieron para siempre. Se dice que quien restablezca la vista de Lon, podrá ver en todo su esplendor la unión del ave y la serpiente.

Tian había completado el puente que le conducía a la otra orilla y seguía con la losa sobrante entre las manos. Atravesó el puente flotante a saltos, con gran cuidado de no caer y perder la última de las losas. Tenía curiosidad por saber como finalizaba la historia, descubrir si era cierto aquello que se contaba o simplemente una leyenda más. El problema era que no podía perder demasiado tiempo, su viaje se estaba alargando más de lo previsto, debía llegar al valle de Férritum para consultar el cantar con los expertos mercudios.

Pasando entre aquellos promontorios rocosos percibía una gran fuerza que lo atraía hacia ellos, le daba la impresión de que estuviesen vivos, que respirasen. Bajo las plantas de los pies notaba el latir de cientos de corazones. La atmósfera estaba cargada de energía, casi se podía palpar.

Anduvo hasta el anochecer. Decidió detenerse bajo un árbol de espléndidas frutas para saciar su apetito. Era el único árbol de la especie que había visto hasta ahora en su camino a través del bosque, parecía ya centenario, a juzgar por su ancho tronco. Por suerte, algunas de las ramas no estaban muy alejadas del suelo por lo que no le costó subirse para coger los frutos más maduros. Estando en lo alto de la copa contempló el paisaje estupefacto. Bajo la láctea luz de las lunas el panorama era sobrecogedor: el contorno esmeralda de los cerros; la frondosa vegetación perfilando el horizonte; el olor amargo de la tierra junto al dulce de los frutos y el picante de las flores; el bisbiseo de los insectos; el rumor del agua saltando las rocas del río… Tian respiró profundo, como queriéndose empapar de todas esas sensaciones. Le llamaron la atención dos promontorios que se encontraban entre las lunas y que recibían más luz que los circundantes. Su forma le recordaba vagamente una escena que había visto en una de las losas: uno se semejaba a la cabeza de una serpiente y el otro tenía el aspecto de un ave, estaban frente a frente, el ave un poco más elevada que la cabeza de la serpiente. Esta última parecía estar inclinada hacia arriba, como observándola. En ese momento recordó la losa con la imagen de Lon y Mur hablando bajo un árbol. Curiosamente el árbol sobre el que ahora estaba apostado se semejaba bastante al de la ilustración, con su gran tronco y sus carnosas hojas redondeadas. Al mirar hacia abajo y ver sus gruesas raíces, las cuales sobresalían de la tierra como venas alrededor del tronco, observó un esplendor violáceo entre dos de ellas. Bajó para ver mejor de qué se trataba. Cuando apartó las hojas y la tierra del terreno encontró dos cristales violetas con forma de diamante del tamaño de una mano. Instantáneamente Tian supo lo que tenía que hacer: a paso veloz se acercó a los promontorios con la forma de Lon y Mur. Bajo el promontorio de la serpiente había una roca con forma cúbica la cual sobresalía un par de pulgadas de la superficie y tenía una cavidad en medio del mismo tamaño y forma que la losa que aún llevaba consigo. La cogió y la colocó en el hueco, era justo la medida. En ese instante la roca comenzó a levitar. Instintivamente, Tian se situó encima y esta comenzó a ascender por la pared de la loma hasta llegar a la zona de la cara de Lon, donde se encontraban dos orificios escarbados en la roca que correspondían a la parte de los ojos de la serpiente. Tian cogió los cristales y los introdujo a cada lado de la cara. Dos rayos violeta provenientes de los ojos de Lon iluminaron el promontorio de Mur, y después de este, el resto de los cerros haciendo un giro de trescientos sesenta grados. Cada cima tocada por el rayo comenzó a desmoronarse. Los trozos de roca caían rodando pendiente abajo, deteniéndose en la base. Del interior de las montañas comenzaron a sobresalir unas cabezas doradas, semejantes a las de una serpiente pero con pico de ave. Parecía que se hubiesen despertado de un largo sueño porque abrían los ojos lentamente y con dificultad, sacudiendo la cabeza de lado a lado para desperezarse. Algunas ya tenían medio cuerpo fuera. Era una complexión similar a la de una serpiente, pero la piel estaba recubierta de plumas finísimas de color dorado con el borde verde, y poseían una especie de brazos a ambos lados del torso con unas garras similares a las de un ave rapaz. Una de ellas emitió un chillido agudo, y en ese preciso momento, como si de una señal se tratase, todas empezaron a salir disparadas hacia el orbe cual fuegos artificiales, dibujando en el añil del cielo una coreografía de espirales doradas. Sus alas, que ahora desplegaban haciendo vibrar el aire, doblaban el tamaño de su cuerpo y estaban recubiertas con plumas mayores y más verdes. Todas tenían los ojos violeta, los cuales simultáneamente dirigieron hacia Tian. Se hizo un profundo silencio y en su expresión sintió el agradecimiento de aquellos seres alados que llenó su corazón de alegría. Tian abandonó la región de Lon y Mur con la sensación de haber cambiado un poco el mundo, de haberlo llenado de unos seres nacidos bajo el signo del amor.